equipo de investigacion verdades y mentiras de la agricultura eco

Desde el instante en que hace un año se descubrió que bajo las alfombras de la Junta existía una poza esconde inficionada de ayudas a falsos prejubilados (intrusos), la maquinaria de publicidad del Gobierno andaluz decidió trabajar. Sin reposo. Fabricó un alegato exculpatorio para chorrear el bulto de las responsabilidades políticas. A remolque de la investigación policial, judicial y periodística, el Ejecutivo de José Antonio Griñán reaccionó, primero, ofertando a múltiples jefes de turco en peldaños intermedios de la Conselleria de Empleo. Entonces, se vio forzado a abrir una investigación interna que no mostró su saqueo público en toda la intensidad. Y con estas coartadas, agravios y medias verdades como material levantó un dique de contención que no logró tapar la prueba de su fracaso: que creó, dar de comer y no evitó a lo largo de una década el estafa popular con ayudas al ocupación en la zona mucho más golpeada por el paro.

Antes de Cristorefuta con razonamientos su decálogo de «trampas» en la crisis de los ERE.

Una “agricultura ecológica” al servicio del capital

“La agricultura ecológica no posee objetivos sociales y aguza la huella de carbono”, dicen sus opositores. Aquí el interrogante clave es: ¿de qué agricultura ecológica hablamos? Como afirmábamos en el producto previo, entre las amenazas a la agricultura ecológica es exactamente su cooptación, la asimilación de la práctica por la parte de la industria agroalimentaria. Y sucede que cada vez son mucho más las considerables compañías del agribusiness y las tiendas que apuestan por este modelo de agricultura libre de pesticidas y aditivos químicos de síntesis, pero vaciándola de cualquier atisbo de cambio popular. Su propósito es claro: normalizar la iniciativa. Hablamos de una “agricultura ecológica” al servicio del capital, con alimentos kilométricos, pocos derechos laborales en la producción y la comercialización. Esta no es la opción alternativa de los que apostamos por un cambio en el modelo agroalimentario. La agricultura ecológica, bajo mi punto de vista, solo tiene sentido desde una visión popular, local y campesina, como han defendido siempre y en todo momento la mayor parte de los impulsores.

Por otro lado, me llama la atención que los opositores de la agricultura ecológica se preocupen tanto por la huella de carbono y el encontronazo de los gases de efecto invernadero en el medioambiente, en el momento en que su apuesta por una agricultura industrial es exactamente entre las primordiales causantes de exactamente los mismos. Según el informe Alimentos y cambio climático: el eslabón olvidado de GRAIN, entre el 44% y el 55% de los gases de efecto invernadero son provocados precisamente por el grupo del sistema agroalimentario global, a consecuencia de agregar las emisiones provocadas por el cambio en la utilización del suelo y la deforestación; la producción agrícola; el procesamiento, transporte y empaque de los alimentos; y los desechos generados. Si a los críticos de la agroecología les intranquiliza tanto el cambio climático, les sugeriría que apostaran por una agricultura ecológica, local y campesina.

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