atrado de.la.agricultura.bajo.el.regimen de.stalin

Comparto la indignación y la incomodidad de varios compañeros frente al ascenso del fascismo y el antisemitismo en Europa por norma general y, particularmente, en Ucrania, Hungría, Polonia y Francia. Lamento que los poderosos partidos marxistas que combatían estos atribuyas hayan desaparecido, como el PC italiano, o estén reducidos a su mínima expresión, la situacion del PC francés. Las medites que prosiguen no inutilizan, en lo más mínimo, mi rechazo mucho más categórico al cínico intervencionismo Ucrania del complejo militar, industrial y financiero estadounidense y la Unión Europea, que utilizan partidos fascistas para “establecer nuevamente la democracia” en los países del expacto de Varsovia. Como marxista lamento el derrumbe de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) que, más allá de todas y cada una de las inconsecuencias de su gobierno, en ocasiones frenaba el expansionismo imperialista con su sola vida. Pero la cruda situación es que la nomenklatura soviética prefirió pasar del usufructo de la plusvalía de sus trabajadores a la propiedad privada de los medios de producción y de cambio, y volver a poner al sistema capitalista en su versión mucho más gansteril. Por consiguiente, solo los ilusos tienen la posibilidad de confiar en que el pequeño zar Putin respetará el derecho de libre determinación de los ucranianos. Ciertos compañeros comentan los hechos por la desaparición de la URSS, afirman que a lo largo de su vigencia todo era fantástico y tras ella resurgieron del infierno todos y cada uno de los diablos. ¿Fue tan idílica la vida en Ucrania como miembro de la URSS? ¿En la URSS imperó una política socialista en lo que se refiere a las nacionalidades no rusas? ¿La dirección del Partido Comunista de la URSS, el PCUS, no usó el antisemitismo, las discriminaciones contra georgianos, chechenos, tártaros de Crimea, armenios y otras minorías como arma “política” y también “ideológica”? La Rusia zarista era una “prisión” de pueblos”. Los rusos formaban el 48% de la población y el 52% sobrante eran «minorías nacionales», sometidas a una doble explotación: popular y nacional. La parasitaria nobleza zarista y su Estado autocrático desviaban las manifestaciones de los obreros y campesinos rusos culpando a las minorías nacionales, particularmente a los judíos, de la pobreza que reinaba en el Imperio. La “ideología” oficial del régimen era el antisemitismo y su biblia “Los Protocolos de los Sabios de Sión” (1), una grosera falsificación histórica desarrollada por los “intelectuales” de la Ojrana, la lúgubre policía del Zar. la revolución rusa de 1905 y en otras graves crisis del régimen, en las aldeas reinaba la desolación y la desaparición en el momento en que organización de extrema derecha llamadas “Centurias Negras”, apoyadas por el aparato represivo del Estado, distribuían ampliamente vodka entre las masas campesinas y después las empujaban a incendiar, saquear, matar y violar a los pobladores de las miserables ciudades judías.

Persecuciones antisemitas soviéticasLa dirección estalinista del PC siempre y en todo momento usó el antisemitismo como arma política, por servirnos de un ejemplo a lo largo de la persecución y posterior asesinato de León Trotsky y otros revolucionarios de origen judío. En las zonas agrarias mucho más retrasadas, como en Ucrania, era un arma eficiente. A fin de la brevedad, cabe referirse a 2 hechos mayores, a escala de toda la URSS, producidos tras la victoria contra los nazis, justo en el momento en que los soviéticos anhelaban una real democratización del país. El primero fue el exterminio, en misterio y sin desarrollo público, de la flor y nata de la intelectualidad judía. Los actores, escritores y versistas asesinados actuaban y escribían en yidish y el contenido de sus proyectos versaba sobre la construcción del socialismo, apuntada por el enorme camarada Stalin. A lo largo de la guerra contra los nazis se formó en Moscú el “Comité Judío Antifascista”, encabezado por Schlomo Mijoels, actor increíble, y también que viene dentro entre otros muchos por los ilustres versistas Bergelson y Fefer. El Gobierno soviético envió a una delegación del Comité a EEUU para agarrar fondos para el ahínco bélico de la URSS. La delegación tuvo un enorme éxito y fue ovacionada a su regreso a Moscú. En 1948 y 1949, los órganos de seguridad del Estado fallecieron unos 12 de estos intelectuales. Su desaparición provocó mucha incomodidad mundial y más tarde se difundió que se había eliminado a un grupo de “judíos nacionalistas pequeñoburgueses”. Entre otros muchos, el enorme escritor estadounidense Howard Fast se enteró de estos sucesos tras el célebre XX Congreso del PCUS y los denunció enérgicamente en su libro El Dios desvisto. Poco después, en medio de una década del ’50, se acusó a los médicos mucho más conocidos del Kremlin (judíos y no judíos) de esperar matar, por encargo del imperialismo, Stalin y la dirección del PCUS. Fue una campaña nacional contra el “complot de las batas blancas”, la que recubrió claros ribetes antisemitas y se premió con la Orden de Lenin a una enfermera que denunció a los “complotadores”. Los médicos fueron enjaulados y torturados, pero salvaron sus vidas en el momento en que Stalin murió y Beria fue fusilado. A propósito que no solo ciertos judíos fueron víctimas del terror como procedimiento de gobierno aún tras la victoria de 1945. “En el momento en que volvieron los presos soviéticos de guerra, fueron agolpados en los campos del Gulag”, puesto que el líder máximo va organizar que sus soldados debían vencer o fallecer en la guerra. Además, “la dirección del partido de Leningrado fue purgada en 1948-1949, y en 1953, antes de la desaparición de Stalin, existían rastros de que existían proyectos para comenzar otra campaña de Enorme Terror”(2).

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